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Última actualizaciónDom, 26 May 2019 1pm

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Tres argentinos mudos

Columna escrita por José Ángel San Martín

Parece un imposible metafísico: tres argentinos mudos. Cada mudo a su modo. El Papa Francisco concedió una hora de entrevista a Jordi Évole para no decir nada. El enorme Alberto Cortez se quedó mudo para siempre a los 79 años. Y el mudo que solo habla el exquisito lenguaje del balón, Lionel Messi, sigue batiendo récords y verbalizando goles de otro mundo.

Los argentinos son locuaces, procaces y embaucadores. Detrás de cada uno de ellos late un Carlitos Gardel seductor. Sin embargo, el Papa Bergoglio demostró científicamente que se puede hablar sin parar durante 60 minutos sin decir nada interesante. Al inicio de su papado, Francisco I fue el primero en reconocer innombrables pecados y pecadores. Frente a Évole dejó su elocuencia en segundo plano y resistió el tercer grado del interrogatorio periodístico. Una pena.

Escenografía de funeral. Mesa camilla para dos en lo que parecía el anodino despacho de un notario sin notoriedad. Luz mortecina que mató hasta el brillo irónico de quien debutó en el periodismo como “El follonero”. Obtener la entrevista con el Santo Padre le debió suponer un follón de padre y muy señor mío. No le compensó.

El Papa mudo mudaba alternativamente de predicador evangélico a viejo tendero de ultramarinos. El cielo se lo ganó Évole con infinitas preguntas respondidas mecánicamente con romas contestaciones del Papa de Roma. Absolución para el de las gafitas que sonríen. Penitencia para quien reincidió en el pecado de la vacuidad. Un Papa con oratoria célibe, pero sin oratorio. Ni que la Sexta le pareciese secta.

Unos días después, calló para siempre Alberto Cortez, poeta mayor de la canción castellana. Un abuelo de 79 años que ya no construirá castillos en el aire, despedida a su pesar del amigo que se va y el vacío que llega. Enmudeció el letrista inolvidable. Calló el cantautor descatalogado y sin piezas de recambio.

Cortez nunca le cantó a Messi porque el fútbol le parecía demasiado mundano. Pero el prodigioso rosarino, de tan pocas palabras, habla y escribe sobre el césped engarzando discursos memorables. Autoadjetiva sus goles, inspira adverbios superlativos a falta de verbos que le describan e inventa prodigiosos complementos circunstanciales de lugar, tiempo y modo.

Alguien que no era mudo dejó dicho que el silencio no merece estropearse con frases vacías. Évole se vació con el Papa y no mejoró el silencio vaticano. Cortez se calló para dejarnos a solas con su recuerdo. Y el divino Messi sigue trazando, silente, las líneas maestras de su arquitectura futbolística. Tres mudos. Tres mundos.

@JAngelSanMartin