Dom24092017

Última actualizaciónDom, 24 Sep 2017 1pm

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Sólida, sana, social; feo, fuerte y formal

Columna escrita por Fernando Collado

Doña Fátima se ha dado un baño de creencia ‘popular’ en el Congreso, donde ha glosado, sin haberse perturbado, las bonanzas del empleo. Ha pintado una autopista de color en la lista del paro; un arco iris de contratos sin más tratos que el trabaje usted por lo que le ofrecen que la cosa va mejorando. Melón blando. La realidad laboral in Spain es más ful que beautiful, pero Báñez la considera “sólida, sana y social”. Sé cómo se cocinan estas proclamas, creo que incluso asistí a la sala de máquinas de algunas de ellas años ha. Alguien las plantea y si suenan bien no hay más que hablar. Y “sólida, sana y social” entra de lujo sin reflujo. Otra cosa es que sea verdad.


Creo que el PP debiera cortarse las uñas al hablar del empleo; no por la cantidad –cifras cantan–, sino por la calidad, execrable y muy mejorable. Pero tiene razón en algo: cogió un país con los cimientos de mantequilla, la prima de riesgo en el infierno y el paro al galope de la parca. Reforma laboral o no mediante (ya saben que pienso que hay que darle una vuelta como a una chamarra que está del revés), el partido que sustenta al Gobierno se va saliendo con la suya en algunos aspectos crudos de la escena política. Y eso con Gürtel en mitad del marrón, la comparecencia de Rajoy en plató judicial y la maldita Caja B. Sus rivales la ‘veneraron’, en la creencia de que el dislate contable les llevaría a donde se maja el trigo de la política, pero ni por ésas: Mariano, el de las carreritas a primera hora de la mañana, les dio tiro y raya, y aun así, la oposición volvió a opositar a seguir siéndolo.
Hace no mucho Pedro y Pablo se embobaron tanto con argumentos de Picapiedra que dejaron vivo a Rajoy, a quien como si fuera Dino creyeron dejar al otro lado de la ventana de Moncloa. Mientras ellos enredaban y trataban de definir la izquierda –osadía de cinco minutos demasiado largos–, Mariano daba clases de quién es el vecino y quién el alcalde, y cómo se hace para que uno elija al otro. Parecía una sandez, que logró concatenar con argumentos de mejor y mayor enjundia que le dieron ese aspecto de feo, fuerte y formal tan amable como rentable. Ahora, pese a los vendavales, presume de púlpito. Y Báñez se permite afirmar lo que jamás diría en otras circunstancias.